Mostrando entradas con la etiqueta Comportamiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Comportamiento. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de marzo de 2008

Carácter sistémico del cuerpo humano. Así lo explica Leonardo Polo

Pego aquí un texto de Leonardo Polo que, muchos de vosotros podréis estudiar en Psicopedagogía. Corresponde al libro "Quién es el hombre". El texto completo lo podéis encontrar en la web.

Las manos

Los descubrimientos son posibles porque el hombre tiene un cuerpo muy especial. Los antropólogos subrayan que el hombre es un ser con manos. Como ya advirtió Aristóteles, las manos son importantes: tan importantes que son una condición de la inteligencia práctica. Pero la mano no es algo preexistente, propio del alma uránica, sino una característica del cuerpo humano que le distingue del resto de los animales.


El hombre es bípedo. Los escolásticos decían, un poco en broma, que el hombre es el bípedo implume. Esta característica no se explica analíticamente. ¿Cómo se pasa del cuadrúpedo al bípedo? La correlación de factores necesaria para dar ese paso no se explica analíticamente: hay que acudir a un planteamiento sistemático o sistémico. Las explicaciones sistémicas son ensayos de comprensión de la correlación de factores distintos: al modificarse uno, se modifican los demás. La mano no es simplemente una pata evolucionada. Desde el punto de vista de la serie temporal, que es el tiempo que utiliza la teoría de la evolución, no se entienden las innovaciones complejas. La evolución es el modo de interpretar la temporalidad biológica desde el punto de vista de los cambios morfológicos. Pero el tiempo del hombre no es el tiempo evolutivo, porque las innovaciones complejas no se reducen a cambios morfológicos.

El hombre hace con las manos. Con esto basta para advertir que el cuerpo no es un estorbo: el ser con manos no es un alma encerrada en una tumba. La mano es un instrumento y, a la vez, el origen de la misma noción de instrumento. Posee también valor de símbolo. La mano alzada es un símbolo: es el saludo del nómada. Los nómadas tienen que verse a distancia; la mano diestra alzada desnuda significa ausencia de armas, renuncia a atacar. El hombre de ciudad usa otro saludo, también manual: darse la mano. Darse la mano significa lo mismo, pero en proximidad: si te doy la mano, es que estoy dispuesto a no atacarte. Es el símbolo de la paz.

En rigor, la mano tiene respecto de la conducta tanto valor simbólico como el rostro. Porque el hombre es un animal con rostro, no un animal con hocico (la diferencia es enorme). Pero las manos y la cara son correlativos. El bipedismo es la diferencia funcional de un par de extremidades, que quedan libres de la tarea de andar. El bipedismo es la liberación de la mano; la liberación de la mano es la mano misma. Si hay hocico, no hay mano (con hocico, el animal se inclina, es cuadrúpedo). Sin cara no hay mano, y sin mano no hay cara. El rostro y la mano constituyen un sistema; el rostro es imposible sin las manos y las manos sin el rostro. Si las manos son simbólicas, el rostro es expresivo. La expresividad y lo simbólico son dos elementos sistémicos en estrecha relación. Sin símbolo, el gesto se inmovilizaría en rictus inexpresivo, cercano a la jeta del animal. De ahí la caricatura.

El vínculo de las manos con la cara ha sido averiguado al hilo de la consideración de la temporalidad humana, y de la discursión sobre el método analítico, que no es adecuado para entenderla. Con esto se comprueba que la invención de oportunidades es solución de necesidades sólo de un modo parcial o desde un punto de vista externo; sin la oportunidad el problema se resolvería de otra manera. Es un error pensar que el hombre inventa la flecha porque tiene necesidad de comer volátiles. El hombre inventa la flecha porque descubre la oportunidad en la rama. En todo caso, el hambre, la necesidad acuciante de comer, empujaría al hombre a intentar conseguir alimento; pensar cómo se hacen las flechas es otra cosa. No es acertado explicar al hombre desde sus necesidades. Ocurre al contrario: más bien el hombre inventa necesidades. Al animal no se le ocurre comer la carne cocinada: la carne no lo dice, pues se puede comer cruda. El único ser que descubre oportunidades en el fuego es el hombre.

Es obvio que cualquier explicación de tipo mecanicista es insuficiente para las cosas más elementalmente humanas, que son enormemente complicadas y ricas. Como contamos con ellas, no nos fijamos. Corresponde al filósofo pararse a pensar lo que se da por descontado o trivial, precisamente porque contamos con ello. Lo cierto es que contamos con oportunidades descubiertas por hombres que ya han muerto, y que nos las han dejado. Pero la misma dificultad que hoy experimentamos al tratar de inventar la experimentaron ellos; que lograran vencerla no comporta que aquellas dificultades fueran menores. Una prueba de esto es el hacha de sílex. Quizá nos parezca un instrumento primitivo y tosco. Pero formalizar la técnica que emplearon sus constructores no se ha conseguido todavía. Un hacha de sílex es una piedra con un filo. El filo no se obtuvo con una sierra ni con un abrasivo, sino dando golpes, arrancando lajas, que dejan concavidades en la piedra cuyos bordes alineados forman el filo. Cómo pueda hacerse eso es un problema no resuelto matemáticamente, y no hay máquina capaz de copiarlo.

El hombre primitivo tenía que apoyar la piedra en un sitio que absorbiera en parte el golpe, por ejemplo, arena o un almohadillado de hierba. Después golpeaba una y otra vez con un ángulo y una intensidad concretos, pues de ello dependía el tamaño de las lajas. La inteligencia conectada con la mano supo resolver este problema, no menos difícil que construir misiles. La inteligencia práctica se encuentra en la mano y descubre según la mano.

La apertura del tiempo humano hacia el futuro se designa bien con la palabra oportunidades (también podría decirse que el hombre actualiza potencialidades o posibilidades de distinta manera que el movimiento físico). Las observaciones expuestas han puesto de relieve muchas cosas importantes. Platón hablaba de la gran llanura de la verdad, llena de piezas; el filósofo se dedica a cazarlas, pero, como hay tantas, su tarea es inagotable. Recordando el trilema del barón, diremos que la discusividad no es asunto unívoco, o que el tiempo no es unívoco. Es evidente que el descubrimiento de posibilidades forma un discurso, aunque no desde una legalidad a priori. En una situación de época no se puede saber si alguien será capaz de hacer una lanza desde una rama. Saberlo sería incompatible con el modo de proceder de la inteligencia inventiva (sería una inteligencia mecánica). El hombre inventa. Es preferible que sea así.

miércoles, 20 de febrero de 2008

"Educar es tarea compleja". Selección de textos

Texto 1

“Si bien es casi imposible dar una definición precisa del aprendizaje (...) al menos podemos observar ciertos fenómenos a los que puede aplicarse el término aprendizaje.
En términos psicológicos, lo que se aprende no es necesariamente “correcto” (aprendemos tanto hábitos malos como buenos), ni consciente o deliberado (una de las ventajas de entrenarse en una habilidad es que adquirimos conciencia de los errores que aprendimos a cometer inconscientemente), ni requiere acto manifiesto alguno (las actitudes y las emociones pueden aprenderse tanto como el conocimiento y las habilidades). Reacciones tan diversas como manejar un auto, recordar unas vacaciones agradables, creer en la democracia y sentir antipatía hacia el patrono son todos resultados del aprendizaje.
¿Cómo se produce el aprendizaje? ¿Qué factores determinan qué es lo que aprendemos y la rapidez con que lo hacemos? Existen muchísimas personas que suelen estar en situaciones en las que les sería muy últil tener respuesta a estos interrogantes. A este respecto pensamos inmediatamente en los estudiantes que buscan métodos mejores de estudio, en los maestros que desean perfeccionar sus técnicas escolares y en los industriales que tratan de encontrar caminos mejores para entrenar a sus nuevos trabajadores. Podemos considerar también a la madre que busca el método más adecuado para educar a sus hijos, al asesor que trata de mejorar la adaptación social de su cliente, (...).
Estas necesidades prácticas no son las únicas razones de que se quiera conocer más a fondo todo lo concerniente al aprendizaje. El hombre siempre ha sentido curiosidad sobre sí mismo (...) En consecuencia, los individuos están motivados para estudiar el aprendizaje, no sólo por los beneficios prácticos que pueden lograr, sino también por la curiosidad que sienten acerca de sí mismos y de cómo llegaron a ser lo que son”

W.F. Hill, Teorías contemporáneas del aprendizaje, Paidós, Barcelona, 1988, pp. 17-18

Texto 2

“Comencemos nuestro estudio examinando un medio en el cual el aprendizaje es un foco primordial: la escuela. El niño se enfrenta en la escuela a una situación de aprendizaje asombrosamente compleja. Es compleja desde su propio punto de vista, pero lo es aún más desde el punto de vista del psicólogo que intenta animosamente analizarla. El niño es influido en innumerables formas por los aspectos diversos de la situación de la clase. Aprende mucho del maestro, incluidas muchas cosas que no figuran en el plan de estudios y otras de las que ni el maestro ni el alumno tienen conciencia. Aprende también de sus libros, de sus compañeros y de las disposiciones materiales de la escuela. Parte de lo que aprende es mensurable en forma de conocimientos y habilidades específicas, mientras que otra parte implica cambios, algunos muy sutiles, pero a veces bastante intensos, en las actitudes, las emociones, la conducta social y otras reacciones diversas. La tarea del psicólogo es analizar esas situaciones complejas en sus partes componentes y tratar de comprender los principios del aprendizaje y la motivación implicados en las mismas”

W.F. Hill, idem.

Texto 3

“Si impedimos durante el período de hospitalización que el niño prosiga su proceso escolar y mantenemos esa situación de aislamiento respecto de todo lo que constituye su entorno natural y propio, además de favorecer esa enfermedad social que es la “deprivación escolar”, estaremos atentando contra su dignidad personal de niño. Es más, a pesar de los avances en los tratamientos y en la ciencia médica en general gracias a los cuales se ha conseguido la curación de un alto porcentaje de niños cancerosos y la supervivencia, a largo plazo, de otros muchos mejorando su calidad de vida-, no debemos olvidar que todavía encontramos demasiados niños enfermos que no se curan y que, por tanto, deben considerarse como enfermos crónicos.
Si como consecuencia de la evolución progresiva del cáncer estos pacientes van a verse privados de la escolarización (entendida ésta en su sentido más amplio), habrá que afirmar que se les condena a una vida indigna, independientemente de que su muerte sea o no digna. (...)
¿Qué cabe hacer con el niño canceroso desde el punto de vista del pedagogo? (...)Algunos autores sostienen, como punto de partida en la atención al enfermo moribundo, que las necesidades de éstos derivan de las dos realidades siguientes: que el enfermo moribundo es un ser humano que muere. Es decir, las necesidades de los moribundos son, de una parte, las necesidades fundamentales de cualquier ser humano y, de otra, las derivadas del hecho cierto y bien contrastado de que irremediablemente el enfermo evoluciona hacia la muerte. (...)
La educación se ocupa de aumentar cualquier capacidad de la persona para actuar a un nivel dado, no sólo académicamente, sino también desde el punto de vista psicosocial”

E. Doménech Llavería, A. Polaino-Lorente, “Comunicación y verdad en el paciente terminal”, en A. Polaino-Lorente (ed.), Manual de bioética general, Rialp. Madrid, 1994, pp. 403-404

martes, 19 de febrero de 2008

Sobre el escepticismo

Polo Maragoto, V., Manual de fundamentos de filosofía. Zaragoza. Capítulo XIV, pp. 285-302.
(Libro agotado)

El ataque más neto y radical (por lo menos, antes de algunos subjeti¬vismos modernos) a la capacidad del hombre para conquistar la verdad lo constituye el escepticismo.
En líneas generales, escepticismo es la actitud que concluye que nada se puede afirmar con certeza, por lo tanto se duda de todo y, al negar la posibilidad del conocimiento humano se deriva a la abstención del juicio. Lo que equivale a un no comprometerse con la verdad y con el bien porque no se cree en ello.

Tiene, como se pone de manifiesto en la definición, un aspecto epistemológico y otro ético.

Formas del escepticismo

El escepticismo puede revestir formas muy variadas:
* Existe un escepticismo universal, que se dirige contra la cognosci¬bilidad de la verdad de todo juicio en general. Este escepticismo absoluto afirma que la verdad de un juicio es totalmente incognoscible, es decir, en todo tiempo y para cualquiera.
* Y un escepticismo parcial que cuestiona solamente la legitimidad de determinados juicios. Este escepticismo relativo en cambio, se refiere solamente al estado actual del escéptico. Este tipo de escepticismo es el que está más difundido.

Desde otro punto de vista:
* Teórico: el escepticismo es la teoría gnoseológica que cuestiona la certeza de nuestro conocimiento. Es el aspecto epistemológico.
* Práctico: el escepticismo pretende salvar al hombre de la agitación de las opiniones cambiantes (sobre todo de tipo moral), por medio de la búsqueda de una serenidad interior ajena a toda postura "dogmática". Es el aspecto ético.

Algunos tipos clásicos de escepticismo:
A pesar de que todos los argumentos escépticos están afectados de una fuerte paradoja interna, el escepticismo se sigue discutiendo seria¬mente en nuestros días. Pero ya en la antigüedad se presentó en formas variadas, sobre las que han vuelto los escépticos posteriores. Podemos distinguir las siguientes variantes en el escepticismo, ya desde muy anti¬guo:

1.- Pirronismo. De Pirrón de Elis (360-270 a.C). Forma extrema de escep¬ticismo, que propugnó vivir una completa abstención del juicio, para conse¬guir la ataraxia o perfecta indiferencia ante todo. El sesgo ético del escepti¬cismo está claro aquí. El ideal del sabio consiste en entrar en sí mismo, para permanecer en su silencio imperturbable y feliz. Aristóteles advirtió irónicamente que eso equivalía a vivir como una planta.
Tiene una enorme actualidad. Señalemos algunos ejemplos:
* La actitud de "No comprometerse con nada" que suponga esfuerzo y considerar que "el compromiso es una palabra antigua". Reina, como resultado, en el ambiente un acratismo dulce y perfumado. La rebeldía es incómoda y se cae en el conformismo.
El pasotismo (en el fondo no es más que una manifestación de escepticismo): "un estar de vuelta sin haber ¡do a ninguna parte". Tras el naufragio de las ideologías clásicas, se prefiere quedar en la playa del pasotismo, a disfrutar de la suave brisa de un escepticis¬mo decadente. El slogan "no me comas el coco": es la respuesta a cualquier embarque mental que reclame adhesión de la inteligencia. Hay que preservarse del duro encuentro con la vida. "Déjame en mi mundo" irreal. Quiero vivir tranquilo. "Vive tu vida". "No renun¬cies a nada". "¡Que me dejen en paz!"... con mi chalet, mi hijo único, mi pajarito, mi infiel esposa y mis fieles amantes.

2.- El ProbabHismo. De Arcesilao y Cameades, miembros de la Academia Nueva. Se oponen al absolutismo de los pirrónicos, al admitir que cabe salir de la duda pronunciándose en favor de una opinión que se admite sólo como probable. No cabe poseer la verdad, sino únicamente vislum¬brar lo plausible o verosímil: basta con ello para salir del estado "vegetal" de los pirrónicos y andar por el mundo con un mínimo de soltura.
También es tan viejo como actual:
* "Hacer lo que dice la mayoría" o el dejarse llevar por la moda o por el consumismo,
como criterio único de conducta. La generalizada idea de que el Estado debe resolverlo
todo. El considerar la prensa y medios de comunicación de masas como único elemento
cultural.

3.- El fenomenismo. De Enesidemo de Cnosos. Sólo conocemos las cosas tal como aparecen, como meras apariencias, pero no podemos saber lo que de verdad son. Los fenomenistas antiguos se limitan a cons¬tatar las diversas apariencias, pero sin afirmar ni negar que les correspon¬da algo real.
También de actualidad:
* Considerar lo válido sólo como lo útil, o lo placentero. Consumir es ser feliz. Ir a la
última moda. "Soy lo que tengo". Lo importante es aparentar (aunque no se diga explícita¬
mente se actúa así). Reducir el amor a sexo. El sexo a placer, se vacía de cualquier compromiso. Divertirse es beber y comer. El hombre se reduce a "vientre". Se vive con una risa
ajena a la alegría. Cualquier cosa es cultura: incluido lo feo y chabacano. Si todo es cultura
no hace falta estudiar y profundizar en nada. Debo hacer lo que me apetece. No interesa
entender para no tener que obrar rectamente, la única defensa que les queda es el ataque:
el calderoniano "nada me parece justo en siendo contra mi gusto".
Nuestro enfoque de los problemas es tan pragmático que no nos permite resolver¬los. La obsesión por alcanzar rendimientos a corto plazo obtura la salida del atolladero. Como dice Shumacher: "lo que más necesitamos hoy es la virtud de la templanza. Pero casi nadie puede ya entenderlo".

4.- El empirismo: es una consecuencia lógica del fenomenismo. Admitidos los fenómenos en su aspecto fáctico, cabe buscar las leyes por las que se relacionan entre sí, pero siempre sin superar lo dado en la experiencia. Ya en Sexto Empírico se encuentra un argumento en contra de la noción de causa, que, por ser una relación, sólo podría existir subjetivamente.
Actualidad: Culto al cientifismo. Depreciación por lo humanístico. Sólo acepto lo rigurosamente demostrable. Pero resulta que hay muy pocas cosas demostrables hasta el final. El racionalismo deriva siempre en escepticismo.
Los argumentos de los escépticos

"Los escépticos no están faltos de argumentos; tienen, por el contra¬rio, un gran número de ellos que desarrollan con ingenio y una sutileza sin igual" (VERNEAUX).

Son argumentos que formularon y discutieron ya los pensadores griegos y que de diversas formas han repetido todos los escépticos que en la historia han sido. Se podrían esquematizar así:

1.- La diversidad de opiniones humanas y las contradicciones de los filósofos:

Es un argumento que sigue siendo ocasión de "escándalo" para muchos. Sobre cualquier cuestión, los distintos hombres defienden las opi¬niones más diversas, y cada uno cree tener razón.
¿Quién posee la verdad?:
- No lo podemos saber a ciencia cierta. En todo caso, nuestro juicio no será más que una opinión junto a las otras.
- Y si de la vida cotidiana pasamos a las tesis de los filósofos, el panorama es aun más confuso. Porque parece que no hay doctrina, por extraña que sea, que no haya sido defendida por algún filósofo y, enton¬ ces, ninguna puede tenerse por verdadera con certeza. Se confunde la opinión con la certeza.

2.- El error y la ilusión:Es un hecho que nos equivocamos con frecuencia, con demasiada frecuencia:
- Los sentidos nos engañan, haciendo pasar las apariencias por rea¬ lidades. La ilusión de espejismos y fuegos fatuos nos acecha por doquier.
- Y también la inteligencia yerra al juzgar y razonar.
- Mientras dormimos, consideramos los sueños como sucesos que realmente nos pasan: ¿cómo sabemos, entonces, que no soñamos siem¬ pre?. Muchos hombres (en mayor y menor grado) padecen de manías y obsesiones, que les llevan a dar vida a los fantasmas de su mente.
¿Dónde se encuentran las fronteras entre la ilusión y la verdad, el sueño y la vigilia, la demencia y la cordura?. No podemos saberlo, porque quizá también nosotros erramos, es sueño nuestra vida o locura nuestro empeño. Es la "sospecha" sistemática. Es, lo que algunos llaman, "filosofía de la sospecha", que aboca en el nihilismo y en el aburrimiento.
Respondamos con Gilson al famoso tema de que los sentidos yerran:
«no hay que dejarse impresionar por los famosos 'errores de los sentidos' ni asombrarse del enorme consumo que de ellos hacen los idealistas (escépticos). Estos son gente para los que lo normal no puede ser más que un caso particular de lo patológico (...) Por consiguiente, hay que considerar como errores del mismo orden los argumentos que los idealistas toman prestados de los escépticos sobre los sueños, las ilusiones de los sentidos y la locura. Hay efectivamente, errores visuales; pero esto prueba, ante todo, que no todas nuestras percepciones visuales son ilusiones. Cuando uno sueña, no se siente diferente de cuando vela, pero cuan¬do vela se sabe totalmente diferente de cuando sueña; sabe, incluso, que no se puede tener eso que llamamos alucinaciones sin haber tenido sensaciones, como sabe que jamás soñaría nada sin haber estado antes despierto (...) El motivo de que estas ilusiones sean tan inquietantes para el idealista es que no sabe como probar que son ilusiones; pero no tienen por qué inquietar al realista, para quién sólo ellas son verdaderamente ilusiones.»

3.- La relatividad del conocimiento:

Los conocidos versos lo expresan con ingenio y malicia:
"nada es verdad ni mentira pues depende del color del cristal con que se mira"
Toda cosa es conocida y valorada por un sujeto determinado, lleno de prejuicios y compromisos, hasta el punto de que confunde sus deseos con la realidad: conocimiento e interés se vuelven lo mismo.

Además siempre se conoce desde una situación concreta y limitada. Lo que es verdad hoy puede no serlo mañana. Algo que no es cierto para mí, lo es para tí. Tal parece que todo objeto de conocimiento queda teñido por el tono de la subjetividad de cada cognoscente. No hay conocimientos utópicos ni intemporales: son hijos de una cultura y de una época histórica, en función de las cuales hay que interpretarlos.
Además, las cosas mismas no existen aisladas, sino insertas en un complejo tejido de relaciones mutuas, que sería preciso (aunque imposi¬ble) conocer, para dar cabal cuenta de los objetos.

Quizás este argumento es el más profundo. Su difusión popular es grande (el consabido "todo es relativo"), pero ya estaba formulado por los primeros escépticos y sofistas. El relativismo es un antropocentrismo, que queda expresado en la famosa sentencia de Protágoras: "el hombre es la medida de todas las cosas".
El relativismo lo convierte todo en una rapsodia de opiniones que
coinciden en tener la misma categoría ética, porque precisamente ninguna tienen.

4.- El círculo vicioso:

No se debe admitir como cierto nada que no haya sido demostrado. Pero toda demostración se ha de fundar en la verdad de los principios de que parte. Y, a su vez, esos principios se tienen que demostrar con base en otras premisas.
Al cabo, todo se demuestra por todo; lo que equivale a decir que nada se demuestra por nada, ya que no hay criterio firme en el que apo¬yarse. Si se intenta hacer demostraciones, se incurre en un "dialelo" o "circulus viciosus in probandi". Se podría también ir pasando de principio a principio, en una sucesión no circular, sino lineal; pero entonces tampoco se demostraría nada, porque se prolongaría indefinidamente la siempre insatisfecha búsqueda de un terreno seguro sobre el que construir el edifi¬cio de la ciencia.

"La actitud demostrativa a ultranza, por sutil que pueda parecer es una necedad" (Aristóteles):

El escepticismo nos descubre así su verdadero rostro. Especialmente en sus versiones modernas, no es (como pudiera parecer) una actitud de modestia intelectual, sino más bien una con-
secuencia de la pretensión de dominar el saber desde su raíz, de construir por nosotros mismos todo un universo de certezas. Tal es el ideal ilustrado de la ciencia como proceso de emancipación del hombre. No se acepta ninguna dependencia: todo conocimiento (poco o mucho) ha de ser perfectamente poseído por el hombre. Y, al cabo, mejor es no tener ninguno que aceptar que la realidad nos lo imponga.
El escepticismo es la otra cara del racionalismo; y, en su raiz se encuentra la aceptación acrítica de una autoexaltación sin funda¬mento. El racionalismo "degenera" siempre en escepticismo.

Argumentos contra los escépticos

Como se puede apreciar, los argumentos tienen una aparente fuerza de convicción. Sin embargo, analizándolos pronto se manifiesta su interna inconsistencia.
La actitud escéptica, aparte de sus supuestas motivaciones éticas, se apoya en la ignorancia o en la obstinación.

Como señala Tomás de Aquino, algunos aceptan estas razones sofísticas porque no saben como contradecirlas, por falta de conocimien¬tos; al no poder solucionar las dificultades de los escépticos, aceptan sus conclusiones; tal ignorancia se supera con relativa facilidad. Pero otros adoptan estas posiciones no por ignorancia, sino por empecinamiento, al amparo de que no hay razón para admitir los principios, ya que son inde¬mostrables.

El escepticismo carece de sentido y no puede ser sostenido con un mínimo de rigor intelectual. La existencia de la verdad y de objetos que son verdaderos es evidente por sí mismo.

Además de los señalados enunciemos algunos otros argumentos:
* La afirmación "no existe la verdad" lleva consigo una contradicción: si digo que no hay verdad estoy afirmando ya la existencia de una verdad. Esta teoría queda refutada tan pronto como queda formulada.
* No puedo dudar de la existencia de mi propio yo. Pues indepen¬dientemente de que sueñe o que esté despierto, yo pienso y si pienso existo.
* Existen las verdades matemáticas y de otras ciencias que tienen en sí mismas un carácter universal y necesario. Son en sí mismas verdaderas con independencia de las circunstancias espacio-temporales del hombre
que las píense.
* Existe un gran número de verdades conocidas por la experiencia. Los sentidos externos conocen inmediatamente su objeto como algo tran- subjetivo.
* La existencia de los primeros principios o proposiciones evidentes por sí mismas; como el principio de no-contradicción (es imposible que lo mismo sea y no sea simultáneamente). Si esto no fuera así nos daría lo mismo una cosa que otra.
* En fin, no todo es relativo, tampoco en moral, por lo que sabemos de la historia humana, hay valores que siempre han sido valorados positi¬vamente: el amor, la entrega, la amistad, la verdad. Esos y otros valores de ese tipo no son inventados por el hombre, no son "fabricados", sino reconocidos. El hombre no los crea, los descubre. Puede rechazarlos, ahí está la libertad, pero, al hacerlo, sabe que obra mal. Existen valores objetivos. Los derechos humanos son exigibles para todos.

9.- REALISMO E IDEALISMO

* Se designa con el nombre de idealismo aquella doctrina según la cual no conocemos nunca seres independientes del conocimiento. El pen¬sar es el fundamento del ser. El enfoque idealista problematiza la capaci¬dad humana para alcanzar la realidad tal como es en sí misma.

La postura idealista tiende a rechazar la trascendencia y se atiene a la inmanencia.
Trascender equivale a "sobresalir", "sobrepasar" dentro de un ámbito determinado, inmanencia equivale a permanecer en sí mismo.

En el plano gnoseológico, el problema de la trascendencia estriba en saber si es posible que se conozcan realidades distintas a la conciencia (lo trascendente es lo extrasubjetivo). El idealismo niega la trascendencia gnoseológica y, por tanto, cae en un inmanentísimo.

El idealismo considera el ente (conocido) como una cierta produc¬ción del conocimiento. El ser es una posición del pensar, es decir, el ser es puesto por la conciencia y, por tanto, no la trasciende

/ * Se denomina realismo a la doctrina según la cual el objeto del ver¬dadero conocimiento lo constituyen auténticas realidades, seres capaces de subsistir independientemente del conocimiento. El conocimiento se funda en el ser.
Lo que contrapone el realismo al idealismo es que la metafísica rea¬lista sostiene que el ser fundamenta la verdad del pensamiento. El idealis¬mo, por el contrario, establece que el fundamento del ser se funda en la conciencia. El idealismo, por tanto, niega toda ontología e identifica la gnoseología con la metafísica.
Para el idealismo el ser es un producto del pensamiento/El realista piensa que el sujeto cognoscente no es la medida de la realidad. Es el ser el que hace que el entendimiento sea, porque el pensar supone el ser y es el conocimiento el que desvela la realidad.

* El realismo sostiene que lo que la razón pone en las cosas es algo ideal, dándose la paradoja de que el idealista crea el objeto de conoci¬miento, y el realista lo "idealiza". El realismo sigue manteniendo que la causa propia de la certeza es la evidencia objetiva. Va desde el ser a la conciencia de ser y, por tanto, desde la evidencia a la certeza. El idealis¬mo, en cambio, sigue un camino distinto al afirmar que se da una certeza sin evidencia.

miércoles, 13 de febrero de 2008

La educación de un ser biológicamente inviable

Leticia Bañares ISSA. Universidad de Navarra
Publicado en : “ANTROPOLOGÍA Y EDUCACIÓN”

1. El hombre un ser biológicamente inviable.
2. Mediación del conocimiento
en el animal y en el hombre.
3. El obrar sigue al ser
4. Comportamiento animal y conducta humana.
5. El hombre ¿aprendizaje o instinto?
6. La devaluación del ser humano.
7. Consecuencias de un modo de actuar empobrecido.

1. El hombre un ser biológicamente inviable
Al observar la vida y la diversidad de seres resulta evidente que los seres vivos .tienen algo en común pero también algo que les diferencia. En este sentido, es un lugar común en antropología referirse a una escala en los seres vivos. Como es sabi­do, tal clasificación se realiza, entre otros criterios, según la complejidad de las ope­raciones inmanentes" que cada ser vivo es capaz de realizar. Precisamente por este motivo algunos seres poseen una mayor autonomía, una unidad más profunda y un modo de alcanzar el propio desarrollo más complejo2.

Sin embargo, es también una tesis comúnmente admitida que el hombre, ocu­pando el lugar superior de esta escala, en su nacimiento resulta el peor dotado entre los seres vivos. Hasta tal punto que se puede decir con verdad que el ser humano es un ser biológicamente inviable. Es decir, «la naturaleza biológica humana no es viable al margen de la razón ni siquiera en el plano de la supervi­vencia biológica»3.

La inespecialización del cuerpo humano sólo se entiende unida a la racionali­dad del hombre. Con todo rigor se puede afirmar que en el hombre tan radical es su biología como su pensamiento. Esto se observa en diversas características de su organismo4.

Desde estas coordenadas se puede afirmar que la biología en el hombre está al servicio de sus funciones intelectivas. El cuerpo del ser humano es un cuerpo no especializado y está adaptado a la mente de tal forma que su configuración hace posible el ejercicio de la racionalidad.

2. Mediación del conocimiento en el animal y en el hombre
Los animales cuentan con un sistema perceptivo que les otorga una cierta auto­nomía en la satisfacción de sus necesidades básicas. Sus funciones vegetativas están mediadas por el conocimiento sensible, es decir, el animal gracias a su capacidad perceptiva controla de algún modo las operaciones que realiza pero estas acciones están ya programadas filogenéticamente. El animal no elige sus fines ni los medios para alcanzarlos. La conexión entre fines y medios en el animal pertenece a su dota­ción instintiva.

En el caso del hombre existen ciertos fines propios de la especie pero también es capaz de proponerse objetivos individualmente y, en cualquier caso es cada uno quien busca los medios para lograrlos. Es decir, así como en el animal no cabe la posibilidad de separar los medios de los fines —ya que unos y otros le vienen dados—, el hombre incluso en la consecución de los fines específico—vegetativos debe buscar los medios adecuados para su satisfacción. Tanto la búsqueda de los medios como la capacidad de darse a sí mismo fines y de llevarlos a la práctica supone la intervención del conocimiento intelectual y de la libertad.

En consecuencia, en la conducta humana está siempre presente la elección y el aprendizaje individual. De modo que en el ser humano la intervención del instinto está restringida, es mucho mayor la función del aprendizaje. Cuando el hombre decide, siempre está presente su inteligencia. En consecuencia, en el hombre no sólo se da una mediación5 del conocimiento en sus funciones vegetativas sino que su conducta está principiada por el conocimiento ya que no sólo interviene en ella sino que la origina.

3. El obrar sigue al ser
Desde estas coordenadas se entiende que —igual que en la vida animal no es posible prescindir del conocimiento sensible— resulte paradójico que el hombre, en ocasiones, pretenda actuar sin tener en cuenta su racionalidad. Es decir, ¿cómo un ser que biológicamente puede considerarse inviable o, lo que es lo mismo, un ser cuya existencia sin la intervención de la razón resulta implanteable desprecia aque­lla facultad que es condición sine qua non para su supervivencia?

Lo inconcebible es que el hombre sea capaz de plantearse un modo de proceder al margen de su actividad cognoscitiva y aventurarse a ello, aunque esto suponga una farsa que además va en detrimento de sí mismo. Para mostrar la incoherencia que supone compararemos los dos tipos de comportamientos: el animal y el humano.

4. Comportamiento animal y conducta humana
En primer lugar, es preciso hacer alusión a la distinción llevada a cabo por la antropología contemporánea entre medio y mundo. Jakob von Uexküll es el pri­mero en utilizar el término Umweit [medio] para referirse al «ambiente» o «peri-mundo» donde se desenvuelve el animal. «Perimundo» no es un concepto material sino que sería el conjunto de cualidades objetivas que tienen una significación vital para el animal, es decir, que son susceptibles de ser captadas por su organismo6. Es decir se utiliza la palabra medio para referirse al ámbito donde vive el animal, pero la cuestión es si el hombre se desarrolla también en un medio o perimundo, o si por el contrario es distinta su relación con el entorno. Fue Max Scheler quien dio la respuesta más acertada afirmando que el hombre está abierto al mundo _Weit—7 ya que el horizonte en el que se desarrolla el ser humano no es limita­do, pues el conocimiento del hombre no está prefijado de antemano sino que alcanza a todo lo real.

Desde esta perspectiva se pueden apreciar algunas diferencias entre la conduc­ta animal y la humana, pues la conducta de los seres vivos está estrechamente vin­culada a su capacidad cognoscitiva8:

1. Así, mientras el animal capta del exterior sólo aquellos estímulos que son relevantes para su autoconservación, la capacidad de percepciones en el hombre es potencialmente infinita. Es decir, el medio en el que se desen­vuelve el animal es restringido. Son muy pocos los estímulos que le llegan, ya que todos aquellos que no son relativos a su organismo son filtrados de modo que le resultan irrelevantes.

2. El animal tiene una dotación cognoscitiva muy simple y primitiva. De la realidad externa el animal sólo conoce las cosas en cuanto son para él nocivas o convenientes, y por supuesto esta valoración le viene dada por el instinto. En cambio, el hombre conoce la realidad independientemente de su situación orgánica y su estimación va más allá de la conveniencia concreta [por ejemplo el animal sólo conoce el agua en cuanto le sacia la sed].

3. Por último, el animal se rige por unas pautas de funcionamiento muy rígi­das de modo que la correspondencia entre estímulo y respuesta es, en algu­nos casos, una relación biunívoca y, en otros, algo más amplia a pesar de que el número de sus respuestas es limitado. En cambio, el hombre —en su comportamiento— no sigue ninguna pauta de conducta prefijada por su naturaleza y tampoco responde de un modo autómata ante los diversos estímulos. Ya hemos visto que su conducta está principiada por el conocimiento, de tal modo que es cada hombre y en cada circunstancia quien debe proyectar su modo de actuar; hasta el punto de que no es posible saber de antemano las reacciones de otros hombres. La conducta humana es total­mente impredecible.

5. El hombre ¿aprendizaje o instinto?
En el hombre no se puede hablar propiamente de instintos sino de tendencias9. Tales tendencias pueden ser controladas mediante la inteligencia y la voluntad, es decir, no se imponen al hombre, y son educadas por éste mediante los hábitos. Por ello el aprendizaje en el ser humano tiene un cometido radicalmente distinto y supe­rior al que pueda tener en cualquier animal, e incluso se puede afirmar que despla­za al instinto.

De este modo, cuando el hombre justifica sus actuaciones afirmando que se comporta «instintivamente» —cuestión imposible—, denota un cercenamiento de sus posibilidades y revela un empobrecimiento del ser humano. Con otras palabras, realiza un aprendizaje negativo10, «patología» que jamás afecta al animal.

6. La devaluación del ser humano
Llegados a este punto resulta pertinente profundizar en determinados modos de actuación del hombre. En ocasiones, tales actuaciones guardan una semejanza mayor con el comportamiento animal que con lo que debería ser una conducta pro­piamente humana. El hombre es un ser susceptible de malograr sus talentos, de modo que, a la larga, deteriora su naturaleza y merma sus aptitudes.

Tal menoscabo de las posibilidades del obrar humano muestra el reduccionismo que venimos anunciando [denunciando] así como la raíz de un tipo de conducta —hasta cierto punto generalizado en la situación actual— al que pocas veces nos atrevemos a llamar por su nombre. Es decir, con frecuencia bajo el pretexto de un «pretendido» cambio de valores sin más, se esconde una devaluación real del ser humano.

7. Consecuencias de un modo de actuar empobrecido
Para finalizar, se mostrará algunas manifestaciones del comportamiento humano que revelan el empobrecimiento de su ser. En su exposición se hará referencia a las dife­rencias, antes mencionadas, entre el comportamiento animal y la conducta humana.

A) Respecto al medio en el que el animal está inmerso —sólo capta los estímu­los en cuanto son relevantes para su conservación—, habría que señalar que el hom­bre a pesar de estar potencialmente abierto a todo lo real, de hecho, en ocasiones, reduce sus intereses hasta el punto de que únicamente percibe aquellos estímulos que se relacionan con la satisfacción de sus necesidades básicas.

Por ello, uno de los temas más importantes en la educación es abrir el horizon­te cognoscitivo, despertar intereses, descubrir a la persona que por naturaleza es capaz de prestar atención incluso a lo que nunca influirá en su comportamiento. Es preciso incidir en lo que J. A. Marina llama inteligencia creadora, el hombre inven­ta fines y posibilidades porque su mirar es un mirar inteligente", un mirar que atiende a la realidad como objeto no en función de su organismo.

Gran reto es mostrar al hombre que no es un ser aislado, su naturaleza está con­figurada de tal modo que necesita de los demás para desarrollar una vida propia­mente humana y para alcanzar realmente su plenitud. Es decir, su carácter social le lleva a no poder prescindir de los demás, a contar con ellos, con sus logros y con sus fracasos, consiguiendo así un enriquecimiento mutuo.

Gracias a su inteligencia el hombre es capaz de unificar intereses propios y aje­nos, de modo que se incrementa continuamente un acervo cultural del que se bene­ficia y que a su vez transmite.

B) Desde esta perspectiva se entiende que la capacidad de restringir su campo de percepción a lo que está directamente relacionado con su organismo ahora, supone empobrecerse como hombre, puesto que su ser no es sólo material, cuenta con unas facultades espirituales que van más allá, que son capaces de trascender su situación biológica concreta. En consecuencia, mientras al animal le corresponde un bienestar exclusivamente material, al ser humano le resulta insuficiente. Por tanto, la calidad de vida en el hombre no puede valorarse únicamente en términos de comodidad y confort porque sería estimar en poco la función de sus facultades superiores.

El animal mediante la estimativa valora todo aquello que conoce según sea conveniente o nocivo; en el hombre la valoración se realiza con la cogitativa que aun realizando funciones semejantes a la estimativa, se diferencia de ésta por la conexión que tiene con las funciones intelectivas. Difícilmente se puede precisar cuándo actúa la cogitativa y en qué momento comienza el uso de la inteligencia. Con palabras de Marina «lo innovador es que el hombre pueda regir su comporta­miento por valores pensados, y no sólo por valores sentidos»12.

En estas coordenadas se entiende que el hombre es capaz de captar otros valo­res —lo verdadero, lo bello, lo trascendente, ...— más allá del beneficio o perjui­cio orgánico; otro modo de proceder supone subestimar sus posibilidades: «el hom­bre establece el orden de sus intereses, tiene cierto control sobre sus preferencias».

Al educar es preciso mostrar el empobrecimiento que se esconde en los modos reductivos de vivir, pues la grandeza del ser humano es precisamente poder llegar a conocer la totalidad de lo real en sí mismo.

Además, la capacidad de adaptación en el hombre no es algo dado, es fruto de su actividad racional y le permite modificar las condiciones del entorno en lugar de estar limitado por éstas. La superioridad del hombre en este punto se pone de relie­ve también en el hecho de que el animal se esfuerza exclusivamente cuando el esfuerzo es necesario para su supervivencia; en cambio, el hombre es capaz de afrontar dificultades y desafiar obstáculos que surjan ante fines que él mismo se ha propuesto, arriesgando incluso su propia vida. En este sentido, conviene hacer hin­capié en esta capacidad de esforzarse por voluntad propia que sólo posee el hom­bre, pues con frecuencia se tiende a desistir de objetivos propuestos al encontrarse ante problemas en su consecución.

Hay que educar por tanto no centrándose en el esfuerzo en sí mismo —como ejercicio de la voluntad—, sino en la atractividad de los fines que relega la fatiga a un segundo plano. La solución se encuentra en proponer fines que realmente sean concordes con el perfeccionamiento humano, con el crecimiento del hombre en cuanto hombre. De este modo el hombre sabe sobrellevar el esfuerzo que su conse­cución comporta.

Por ello, la educación no ha de reducirse a un conjunto de imposiciones. Se debe lograr que sea cada uno quien haga suyo —porque lo asume como un bien— aquello que se le dice o hacia donde se le orienta. De un modo semejante en el ámbito empresarial se afirma que «dirigir no es imponer sino lograr que el otro haga lo que yo quiero pero queriéndolo él».

C) La acción del hombre es libre, en cada actuación humana está presente un motivo. Por ello, el hombre es capaz —como hemos visto— de trascender el momento presente y proponerse metas, tiene la posibilidad de orientar su conducta porque es dueño de ella. Así, mientras al animal le sobrevienen el futuro sin más, el hombre tiene un porvenir. Es decir, el futuro no le viene dado en su totalidad sino que depende en parte de sus decisiones, puede elegir porque no está condicionado: inventa posibilidades y fines. Se somete al tiempo por su dimensión corporal pero vence al tiempo.

El hombre cuenta con la razón para buscar alternativas, y puede hacer uso de la prudencia para acertar en cada situación concreta. El hombre, a diferencia del ani­mal está en manos de sí mismo, por eso, en muchas ocasiones se asusta ante la posi­bilidad del fracaso. En cambio, en el animal no cabe esta posibilidad.

En este sentido, se establece la distinción entre vida biológica —que también poseen los animales—, y vida biográfica^ exclusiva de cada hombres y propia — peculiar— de cada individuo. A la luz de estas consideraciones surge la necesidad de una educación personalizada, en la que se cuente con las capacidades y dificul­tades de cada sujeto. Una educación que enseñe a gestionar —personalmente— la realidad. Es preciso colaborar para que cada uno se forme un proyecto en razón del cual oriente su conducta y sus objetivos, un proyecto que suponga un crecimiento en cuanto hombre. La solución se encuentra en perder el miedo a la libertad cons­cientes de que la capacidad de rectificar también es propia de la condición huma­na. porque se sabe hacer uso de ella. Hay que mantener la mirada en la meta que se quiere alcanzar, y contar con que lo verdaderamente humano es la capacidad de recomenzar una empresa hasta lograr alcanzarlo.

NOTAS
' Las operaciones inmanentes son aquellas que el ser vivo efectúa por sí mismo y cuyo resultado o efecto redunda en su propio perfeccionamiento.
2 La posibilidad de autorrealización es también algo exclusivo de los seres vivos. La autorreali-zación es un proceso a través del cual el ser vivo tiende hacia su propia plenitud o desarrollo.
3 vicente, J. - choza, J.: Filosofía del hombre, Rialp, Madrid 1993.
4 Por ejemplo en: el bipedismo que facilita al ser humano tener las manos libres, la configuración de las manos: instrumento inespecífico, el rostro...
5 Algunos antropólogos contemporáneos se refieren a tres tipos de mediación cognoscitiva: la mediación del los sentidos externos, la mediación de los sentidos internos [en algunos animales] y la mediación del conocimiento intelectual, Cfr. J., uexküll, y A., gehlen.
6 Cfr. uexkoll, J. v. y k.riszat, G.: Streifezüge durch die Umweiten von Tieren und Menschen. Stuttgart, 1972,pp. 10-11.
7 scheler, M.: El puesto del hombre en el cosmos, Madrid 1936, pp. 52-70.
8 Cfr. vicente-choza: Filosofía del hombre, pp. 208-215.
9 Cfr. id., p. 218 ss.
10 Entiendo por aprendizaje negativo aquel tipo de aprendizaje exclusivo del ser humano median­te el cual el individuo en lugar de mejorar empeora.
" marina, J. A.: Teoría de la inteligencia creadora. Anagrama, Barcelona 1993, pp. 24 ss.
12 Íd., p. 95.
13 Cfr. choza, J.: La supresión del pudor, signo de nuestro tiempo y otros ensayos, EUNSA, Pam­plona 1980,pp. 103-6.